Historias

Una línea delgada, casi borrosa

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Las seis de la mañana y es testigo de la metamorfosis de la ciudad. El silencio y la oscuridad da paso a las bocinas y a ese color de madrugada que tanto odia, tan azulado, tan borroso, ni de día ni de noche, tan confuso como ella, tan distorsionado como aquella imagen que tiene a su alrededor. Haber deseado tanto para ahora sentirse con ganas de salir corriendo… pero a dónde. Físicamente perdida y emocionalmente echa un desastre.

Respira profundo como creyendo que así encontrará alguna salida, mas sólo encuentra sentimientos de rabia por si misma, por haber permitido llegar tan lejos. A pesar de quererlo, siempre estuvo esa pequeña vocecita de racionalidad susurrándole “no funcionará, espera”.

Cambia de postura, ahora su vista da con una pared que entrega más depresión aún. Definitivamente el espacio no ayuda en nada a mejorar la realidad. Se acomoda a la orilla de la cama, para separarse un poco del arrepentimiento, se cubre con las sábanas hasta la nariz y se rinde ante el nudo que la ahogaba desde el primer beso, uno con gusto a cerveza barata y aroma a bar de un pasaje sin salida.

Creyó que nada sería distinto, aquella rutina ya estaba aprendida y el final siempre era sola arriba de un taxi luego de unos tragos con los amigos. Por qué tuvo que cambiar la historia… El error fue cruzar la línea, esa que era consciente en que era demasiado delgada, una que con grados de alcohol se hacia imprecisa y que con un paso en falso desaparecería por completo… por qué dejó que sucediera.

Esos vasos fueron el detonante, pero no el responsable y eso la hace sentir aún peor, no puede culpar a un tercero, era ella y su deseo, era él y su calentura, eran sensaciones que no debería haber dejado que se prendieran.

A pesar de que la ciudad poco a poco va despertando, todavía puede escucharlo respirar: tan tranquilo, tan suave, como si un cálido sueño estuviera acogiéndolo en estos momentos mientras ella sigue luchando con las ganas de salir de esa cama, de esa habitación, de esa casa, de ese barrio donde no tiene idea en que parte del mapa de la capital se encuentra. Se siente perdida, en todos los sentidos existentes y se aferra a la almohada con el deseo de volver a pertenecerse, a ser consciente de alguna cosa, cualquiera.

Ambos caminan por una vereda que ha sido víctima de un día entero de nieve, los pequeños cuadraditos de cemento que la forman son espejos donde sus rostros sonrientes se reflejan. Los temas de conversación son los mismos, pero las miradas y el sonido al pronunciar cada palabra han mutado de tal forma que los dos lo saben. Están claros que con cada paso que dan están cada vez más lejos de aquella rutina de fin de semana.

Es la madrugada más eterna que ha vivido, ve con desesperación por la ventana como ese tono azulado y gris no quieren abandonarla, ni tampoco el recuerdo fresco de sus manos en su cintura, en su cuello, el jugueteo de sus labios en sus senos, recorriendo el camino hasta llegar al fin y se vuelve a preguntar por qué, si al fin tiene a su lado lo que deseaba no se siente de esa forma, dónde está la trampa.

Se mordió la lengua mil veces para ahogar el ruido del llanto, ese que viene de lo más oscuro de nuestros sentimientos, ese tipo de lágrimas que no se muestran en público, es sólo para nosotros, para nuestra propia vergüenza. Sin embargo, hoy esa oscuridad y esa vergüenza la estaban oprimiendo.

Intenta detenerse, aprieta sus dientes y se hunde en la almohada para volver a la calma cuando siente un pequeño movimiento, uno que logra paralizarla por completo, su aroma comienza a ser mas intenso tanto que puede probarlo, su roce le corta la poca respiración que ya tenía. Él la rodea con su brazo izquierdo, buscando su mano derecha hasta encontrarla y entrelaza sus dedos, se aprieta más a ella mientras le da un pequeño beso en la espalda.

Ya no había lugar a más lástima por los sucesos que sigue sin entender, el espacio entre la culpa y el culpable era inexistente, debía pausar toda desesperación…

Tres horas más tarde y la luz del sol es ama y señora de aquella habitación, dándole un respiro a los días de invierno. Despierta con la impresión de seguir durmiendo, de estar soñando y que pronto estará en su pieza con toda su vida en orden, con los enemigos lejos, con sus vecinos en sus departamentos, con su madre en el trabajo y con sus amigos todavía siendo sus amigos. Pero por más que pestañea ese techo desconocido sigue allí.

Cómo volver a tener lo que había cuando todo un mundo diferente ha pasado entre ellos. Como hablar algo que no se quiere pronunciar en voz alta. Cómo hacer comprender el arrepentimiento de los hechos, no por la persona, sino por la forma en que sucedieron. Cómo seguir con esa relación de hace ocho horas atrás cuando se ha cruzado la línea. Pero por sobretodo como explicar que a pesar de esa sensación asfixiante todavía lo quiere en su vida, de todas las formas posibles.

– Me puedes ir a dejar…

 

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