Alter ego

Deseos de jaque mate

Las miles de conversaciones a su alrededor se escuchan como ecos de una sola voz, el humo de los cigarrillos le dan a la atmósfera un toque prometedor y misterioso, el aroma a hierba quemada le recuerdan momentos antiguos en una ciudad gris olvidada. Camina al ritmo de la multitud junto a sus amigos; todos van riendo, cantando, gritando mientras Elizabeth se va enamorando con cada rostro y con cada mirada que coincida con sus deseos.

Llega el instante en que tocan su tema favorito, cierra los ojos y se deja llevar por los tambores que son sinónimos de libertad, el viento va rozando su cuerpo al ritmo de las melodías que brotan desde el escenario, sus manos las deja libres para que sus dedos jueguen con su cabello. Bastó el inicio y final de una sola canción para que unos cuantos ingenuos trasladaran su concentración hacia ella.

Elizabeth regresa al mundo físico, al concierto al aire libre y a la admiración que un  par de chicos le proporciona, automáticamente deja salir una sonrisa. Su metro cuadrado se ha rodeado de miradas e interrogantes que ella responde con monosílabos coquetos hasta que encuentra unos ojos maravillosos.

El diálogo fluye sin esfuerzo alguno. Las preguntas claves son las primeras en aparecer, esas que permiten reafirmar o anular sus intenciones, en este caso todo iba en la dirección correcta. Con la ayuda de un pito la escena se saltó unos cuantos actos, ahora cada oración era un susurro al oído del otro, la euforia del público les permitía explorar sin tapujos la piel descubierta, como una forma de tantear el terreno a planes futuros.

La noche se adueñó de la capital y con ello las intenciones de todo el mundo en aquel parque salieron a relucir. Elizabeth también comenzaba a dejar libre sus deseos, esos que tenían como único protagonista al hombre de polera negra que la abrazaba por la cintura. A su alrededor la gente saltaba tal y como pedían los de la banda, sin embargo ella prefirió hacer de sus pretensiones una realidad. Lo toma por la cadena de cuero que colgaba de su cuello y lentamente lo acerca hasta quedar a un par de centímetros de sus labios.

Elizabeth  deja la situación en jaque, esperando que él termine en un perfecto jaque mate.

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