Concepción

El chico de la adrenalina con casco

*Día uno y dos

La normalidad se hizo tan normal en mi vida, que cada movimiento que realizaba estaba hecho sin ninguna expectativa y sin esperar el factor sorpresa. Ya me había acostumbrado a manejar ciertos aspectos de mi diario vivir sin torceduras dramáticas y a que otras se desarrollaran de forma inevitable. Inconscientemente esa noche llevé todas mis energías a romper con aquello, a dejar de lado lo obvio y abrazar un poco de adrenalina que se había agotado en aquel chico de hace un par de años.

Amigos, amigos de mis amigos y unos cuantos desconocidos conformaban el escenario de un prometedor carrete. Las Kriptonitas estaban haciendo su trabajo; el pensar dos veces quedó en el olvido de la sobriedad, ahora mi centro era seguir el ritmo de las risas y las conversaciones sobre personas que ni siquiera conocía. Una de mis compañeras llamaba por tercera vez a su pololo que aun se encontraba trabajando, inocentemente me pregunta si él puede invitar a alguien y yo de igual forma le respondo que sí.

Intento volver al instante en que él hace su entrada a mi departamento, pero el vodka se llevó esa imagen, lo único que tengo entre mi nebulosa es estar saboreando sin tapujos el “terremoto” que éste trajo con el pololo de mi amiga. Entre vaso y vaso fuimos restando centímetros entre nosotros, dejamos de estar en una conversación grupal para terminar en una plática de a dos. Estaba bastante cómoda por lo que recuerdo, creo que ese fue mi primer error, sentirme a gusto con alguien al cual no conocía y mezclar las dos sensaciones que estaban en guerra dentro de mí. La primera, romper con aquella odiosa rutina de lo previsto y lo segundo, volver a sentir la sorpresa.

Sé que me contó toda su vida, ya que se me vienen algunas frases a la cabeza en las cuales menciona la separación de sus padres, los lugares en los que había vivido, que es fanático de las motos y que maneja una. Debo reconocer que mi interés despertó en aquel instante, pues nunca había salido con alguien que manejara una motocicleta. Mi cerebrito maquinó todo de inmediato, tenía el remedio perfecto para la enfermedad llamada normalidad y estaba dispuesta a tomármelo sin asco.

Mi roommate, mis amigos, los desconocidos, todos poco a poco fueron desapareciendo de escena. La madrugada dio paso al amanecer y con eso las palabras ya iban de la mano con algunas caricias. A las ocho de la mañana cuando los rayos de sol estaban instalados en el living de mi casa nos dejamos llevar por los besos, uno tras otros. Yo estaba inmersa en llevar mi cometido hasta donde mi moralidad terminara.

La invitación que estaba esperando se materializó y en un par de segundos me encontraba con casco en mano y subiéndome a su moto. Cuando el arrancó y yo lo abrazaba por la cintura supe que ese momento, aunque quisiera, jamás lo podría borrar de mi cabeza, pues las primeras veces nunca se olvidan y ese día tuve mi primera vez arriba de aquella máquina. La opción inicial era ir a dar un “paseo” a la playa, pero digamos que no estaba en condiciones de soportar el aire marino y menos su aroma, por lo que terminamos en su casa. Luego de haber cruzado toda la ciudad, que cabe destacar es mucho más bonita los domingo, cuando está soleado, arriba de una moto y sabiendo que las próximas horas te esperan con varias otras sorpresas; llegué a su pieza.

A pesar de que todo era algo casual para ambos, él no se quitó el papel de caballero y yo tampoco quise detenerlo. Me ofreció algo de comer y de tomar, el cual rechacé educadamente. Ya las previas y las preguntas de relleno no venían al caso y estábamos claro en ello, es así como poco a poco nos sumergíamos en la misión que cada uno tenía en particular, pero que terminaba en la misma cosa. Comenzamos por quitar los primeros estorbos, él me sacó la blusa y yo seguí con su polera, todo iba al ritmo esperado, la cama de plaza y media ayudaba a mantener cierto jueguito.

Ya la sorpresa no existía, aquel encuentro terminaría de una sola manera, mas cuando estaba convencida de lo evidente, llega una voz lejana y un poco difusa que no logré apreciar, él tampoco lo hace hasta unos instantes después cuando sentimos tocar la puerta. Su MADRE estaba del otro lado pidiéndole que le abriera. Acto seguido yo yacía oculta bajo las sábanas entre una risa nerviosa y unas ganas enormes de salir de allí. Quería un poco de adrenalina, pero no tener a la mamá como espectadora de mis intenciones.

Las ganas se esfumaron con la llamada de aquella señora que tocaba y tocaba la puerta mientras él intentaba que todo retrocediera un minuto. Comencé a lamentar el giro de la historia, pero luego de dormir un poco -en su cama- analicé mejor la situación, y me di cuenta que no puedo quejarme. Quería acción y la obtuve, el punto es que ahora, antes de desear algo o lanzarme en alguna andanza tendré que ser más específica y cuidadosa.

Durante el camino de regreso, con la vergüenza todavía en mis mejillas iba buscando la forma de convertir toda esta aventura en un “si te he visto, no me acuerdo”. Ya en la entrada de mi edificio ambos nos bajamos de la moto, yo le entrego el casco y estaba a punto de lanzarle mi gran discurso de despedida cuando él se adelanta diciéndome adiós con un beso en la boca junto a un “nos vemos pronto”… Y vaya que si lo vi demasiado pronto.

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