Concepción

Bienvenidos a la ciudad del rock

Despertar con un aroma nuevo, con un sonido que te dice que acabas de abrir los ojos a una nueva vida. La habitación se impregna con el olor a mar y mis oídos disfrutan la música de las gaviotas.

Así, de golpe y porrazo dices adiós y hola a la vez, no existe la evolución, todo es como en una linea temporal con los puntitos entre medio que te indican donde termina y comienza algo, sin rodeos, ni rellenos; pero la vida no es así. No se aprende con un hecho, las lecciones se entienden y se adhieren a nuestra conciencia revolcándote de dolor en el suelo y de esta forma aprendí yo la primera de muchas.

Profesores, centros de alumnos, estudiantes antiguos, vendedores de sopaipillas, todo el mundo nos da la bienvenida, no necesitan preguntarte nada para saber que eres un mechón, una mujer de 18 años que acaba de dejar su pequeña ciudad para llegar a otra denominada la ciudad del rock. Al parecer ellos tienen el mismo sensor que los Santiaguinos para darse cuenta quien no pertenece al lugar.

Pero ese sentido de pertenencia se soluciona con cervezas y muchos “hola ¿cómo te llamas?” Ya ni recuerdo cuantas veces respondí a esa pregunta, lo único que se me grabó fue el ritmo de una sola voz, una que sobresalía de la música, los gritos y el chirrido de las botellas al quebrarse por descuido de algún joven que acababa de conocer la libertad.

Ser humanista no es sólo una postura para escoger una carrera, está en cada oración que sale de mi boca y es un plus encontrar alguien que lleve un acto a un nivel más elevado, escudriñar un poco más de lo que los ojos ven. Empezar con simples datos duros y terminar con la inmortalidad del cangrejo es algo que no obtenía hace mucho tiempo y me agradó volver a experimentarlo con aquel chico desconocido.

Comienzo a apoderarme de lo nuevo que me entrega la ciudad gracias a la confianza que me transmite su gente. Encajar en un sitio siempre viene de la mano con tener a una persona a tu lado que experimente contigo dicho proceso, es así como una chica de metro y medio y una morena se sumergen en esta misión.

La química para entablar una futura amistad es fundamental y con ella fue de inmediato, por dentro agradecí que fuera relativamente fácil sentirme cómoda. Las advertencias sobre lo distinta que es la gente que vive en un lugar mucho más rápido y competitivo no tenían sentido hasta el momento. Creía que todo se había alineado a mi favor o que quizás las personas mayores suelen tener un sistema de alarma demasiado sobre valorado.

“¡Sexo, droga y alcoholismo, Escuela de Periodismo!”, esa es la consiga y con ella sabes como será el primer carrete universitario de tu vida. Todo a mi alrededor era una nebulosa agradable; amigos nuevos, aquel chico interesante que ya estaba instalado en mis conversaciones, sus visitas a mi departamento, la libertad de vivir sola… Definitivamente la felicidad debía coronarse con una buena fiesta.

Rápidamente me sumerjo con la multitud, me dejo llevar por las melodías que explotan desde los parlantes, salto, grito, bebo; absorbo cada momento. No soy la única, mi amiga también se une, intento contarle algunos planes que tengo para la noche con respecto al hombre ya no tan desconocido, pero ella estaba a varios metros sobre la realidad o a lo mejor bajo esta.

Todas las imágenes se difuminaron, mis ojos sólo enfocaron aquella pareja etílica que coqueteaba, se reía y que prontamente se besaba, una y otra vez. Y ahí estaba yo observando mi propio dolor y mi propia estupidez, la traición en el aire me rozaba la piel, las maldiciones salían de mi boca sin culpa alguna y las lágrimas de rabia no se hicieron esperar para hacer de aquel momento mucho más dramático para todos.

Me había tragado mi propia mentira, había creado un mundo que sólo se forma a través de los años, había dado la etiqueta de mejor amigo demasiado fácil y por sobre todo quise creer en el sueño de independencia sin haber siquiera luchado por ello.

Las maldiciones ya no fueron para ellos, sino para mí, los reproches me los adjudiqué por dejarme ver como una pobre niña que en verdad no era. Nadie cometió un error, ni tampoco existió traición como lo sentí en el comienzo, por la sencilla razón que en dos semanas yo no era nadie para ellos, ni ellos para mí. Lo que sentimos fue sólo un placebo de una vida nueva.

Las aventuras que los tres fuimos tomando en el camino nos llevaron a ver esta primera impresión como una anécdota que hoy sirve para rellenar el libro de la Universidad.

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2 comentarios sobre “Bienvenidos a la ciudad del rock

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