Historias

Trébol

– ¿Cuántas Margaritas se necesitan para llenar el mar? – Trébol

Cuando recorro la facultad es inevitable hacer oídos sordos a los murmullos, esos que se sienten como grillos en la noche; diciendo la misma cosa, repitiéndose en mi cabeza por las madrugadas. Pero lo peor no es el sonido, lo más difícil de soportar son aquellos rostros con las miradas llenas de juicios, en su imaginación quieren gritarte el horrible ser humano que eres, sin embargo son cobardes y sólo me observan con esos ojos que quisiera reventar con mis propias manos.

A veces intento volver a tener las riendas de la normalidad que tanto odiaba, mas no puedo mentirme, di el paso y con ello se fue a la mierda la persona que era; quiero amar lo nuevo y al analizar todo fríamente me doy cuenta que lo hago, que a pesar de no saber como llevar la opinión de los demás, ya que es algo que estoy recién experimentando, antes no existía, ni para bien ni para mal; disfruto lo que hice de aquella niña inocente y soñadora.

La noche anterior intenté avanzar lo más que pude con la materia para el certamen de ética, sé que hoy será un día muy intenso y no tendré tiempo para las cosas banales de una chica universitaria. Me levanto a las ocho y como parte del trato es mantenerme siempre en forma, salgo a correr dos horas, creo que es el mejor ejercicio que se me da, porque no sólo me ayuda físicamente, sino también me permite liberarme de mis demonios, esos que a veces llegan a joderme el momento y si mi conciencia decae, mi trabajo también lo hace.

Ignacio llega como todos los miércoles con el almuerzo, él es lo único que mi conciencia no puede omitir, es el recordatorio de que estoy mintiendo. Sería más sencillo que lo eliminara de mi vida, mas cada vez que lo intento, sólo tengo ganas de tirarme encima y besarlo hasta cansarme. Es el más dulce y doloroso “pero” de mi vida.

A lo largo de este año he creado tantas historias para ocultar quien soy, que existen días en que pienso que Ignacio también me miente, haciéndome creer que no sabe mi verdad, por más que busco algún cambio en su tono de voz, en su forma de mirarme o de tocarme, nunca encuentro nada, ni rastros de odio por ser una mujer completamente distinta a la que conoció hace dos años atrás. En estos momentos hecho a volar mi imaginación nuevamente y mi pololo me sigue la corriente; me quedo tranquila porque sé que tendré la noche libre de visitas sorpresas y llamadas románticas.

Ser buena en lo que hago me permite tener ciertos privilegios, entre los más importantes está tener gente a mi cargo y recibir bonos extras, pero por sobre todo ser yo quien diga, tú.

Natalia y Paloma llegan a mi departamento a la hora acordada, acompañadas cada una de una maleta fucsia y vintage respectivamente. Nunca me ha gustado interferir en el sello que cada una le quiere dar a su look, aunque saben que deben seguir una regla fundamental, jamás deben saber en que trabajan, nunca.

En mi caso, siempre me ha gustado el gliter y los tonos pasteles, es por eso que opté por un vestido estilo romano con pequeños detalles en diamante; con respecto al maquillaje, usaré los ojos negro ahumado y labios color piel; el cabello lo más desordenado posible. Natalia ama los vestidos de cóctel y en este tipo de noches siempre saca su mejor ropero, en cambio Paloma es más clásica, donde el rojo no puede faltar. En ese sentido seguimos siendo chicas común y corrientes, son una de las pocas cosas que podemos mantener de nuestra vida normal. Si embargo, yo mantengo mi departamento, vivo y trabajo en el, puede sonar estúpido, pero no quisiera ir a otro lugar, me gusta la idea de sentir que en algún aspecto mantengo mis dos vidas en una sola. Las niñas por el contrario, entre más lejos dejen a las jóvenes universitarias con prometedores trabajos, mucho mejor.

Son las doce de la noche y suena el timbre, es hora de sacar las máscaras y hacer el juego de las “claves y sellos”. Soy yo quien abre la puerta, nuestros tres nerviosos invitados ingresan y se acomodan en el living. Mi mentora y jefa sabe cuales son mis gustos y los de mis amigas, es por ello que nunca hemos tenido problemas con los hombres que llegan a mi casa, hoy no es la excepción. Miré detenidamente a los candidatos y debo reconocer que me gustan los que llegan con cara de ser su primera vez con una de nosotras. El chico parece estar en primer año de universidad, todo en él me dice que está viviendo por primera vez, quizás y ni siquiera sea de la ciudad, bueno eso lo sabré durante la noche, cuando me disponga a crear el ambiente de alguien interesada en la vida del hombre que tengo al frente.

Yo ya hice mi elección, ahora es el turno de los otros dos que escojan entre mis compañeras, listo aquello, nos dedicamos a compartir y hacer del momento algo normal, claro, sin sacarnos las mascaras hasta que sea la hora. No estaba equivocada sobre mis suposiciones, quien me acompañará durante toda la noche se llama Andrés y su padre es dueño de una de las minas del norte, está en primer año de Ingeniería Civil y nunca antes había estado con mujeres como nosotras, todo fue gracias a su primo mayor.

Todos los rituales previos ya han finalizado, es hora de ser la primera para él y muchas otras veces para mí. Me inclino por hombres como estos, porque así puedo ser yo quien tenga las riendas sobre y bajo las sábanas; únicamente con Ignacio dejo que este juego se invierta, con él puedo mantener aunque sea un diez por ciento mi antigua yo… La vieja Margarita.

Soy la última en despedir a mi cliente, las demás están sentadas en el sofá esperando que les entregue su parte, las tres seguimos usando nuestros vestidos, pero las máscaras ya no son parte del atuendo. Estaba separando los billetes cuando el timbre me saca de mi labor, inmediatamente volvimos a nuestra posición del inicio, Paloma me pregunta si habían más personas en la lista, yo niego con la cabeza. Por un momento creí que era mi pololo, pero sé que aprovechó la noche para irse de viaje a visitar a su familia.

Llego hasta la puerta y hago la pregunta clave.

– ¿Cuántas Margaritas se necesitan para llenar el mar? – No pasan ni dos segundo cuando recibo la respuesta

– Trébol

Pienso que quizás sea un cliente especial que mi jefa no alcanzó a contarme. Le abro la puerta y entran dos hombres, al primero no lo conocía, pero a Ignacio me bastó ver sólo su silueta para saber que era él.

– La máscara no es necesaria, quítatela – Yo me quedo congelada ante su mirada, esa que siempre escudriñaba en busca de algún cambio; ahora la estoy viendo y sí, hay odio… Mucho – ¡Quítatela! – Me la saco lentamente

– ¿Qué haces aquí? – Le digo con un nudo en la garganta que me impide hablar con normalidad. A la vez veo como Paloma, Natalia y el amigo de Igancio nos dejan solos.

– La verdad no sé. Depende, si estoy aquí como tu pololo o como tu cliente.

– ¿Cómo supiste? Ignacio yo…

– No, no me expliques. La verdad no sé que es peor, que trabajes en esto por plata o por que te guste.

– ¿Y sabes por qué lo hago? – Le respondo intentando volver a tener el control, tanto de mi misma como de la situación, pero el rostro de dolor de Ignacio hace la tarea difícil.

– La plata no es un problema para ti, pero aunque así lo fuera, igual no sería una razón. Te gusta. Todo este mundo te encanta. Sabes, cuando mi compañero te reconoció en una foto, de alguna forma sentí que lo sabía, pero prefería la comodidad de seguir creyendo en aquella niña inocente de la cual me enamoré y que desde hace un año sólo amo el recuerdo de ella.

– Entonces yo también tenía razón. Tú también me mentías. De hecho es peor ¿sabes? Te engañé en relación a esta vida, pero mis sentimientos a ti jamás han cambiado, ni antes ni ahora. Sin embargo tú… Tú me estás diciendo que has fingido quererme y…

– No compares, ni se te ocurra justificarte con algo así

– No Ignacio, no es justificación. Sólo te estoy diciendo que no eres diferente a mí, ambos traicionamos con mentiras distintas que al final tienen el mismo efecto. Dudo que saber todo esto te duela de la forma que lo haría si estuvieras enamorado de mí, en cambio para mí esto que me acabas de decir… Guau, mientes muy bien porque no lo esperaba – Intento mantenerme firme, pero unas cuantas lágrimas rebeldes se negaron a quedarse prisioneras dentro de mis ojos y comienzan su viaje por mis mejillas.

– Esperé que la persona que conocí volviera, pero ahora que sé la causa de tu cambio, no hay forma de regresar.

– No pensaba regresar tampoco, a que si perdiste un año de tu vida junto a mí, mientras que yo gané.

– ¿Qué ganaste? ¿Ser puta?

– Acostarme con quien se me dé la gana y si me pagan por eso, bienvenido sea, lo que hago es muy distinto, aunque eso ya lo sabes ya que tu compañero te contó como funciona esto y con respecto a si gané, digamos que soy una ex chica reprimida que por fin puede ser lo que debía y quería ser.

– Deber y querer no es lo mismo

– Contigo no, porque por más que quisiera seguir junto a ti, como dices tú, no hay forma de regresar – Hace una mueca de disgusto al escuchar mis últimas palabras.

– Espero que algún día puedas llenar ese mar – Él se queda unos segundos con sus ojos pegados a los míos, para luego dirigirse a la puerta sin antes llamar a su amigo quien sale de una de las habitaciones. Antes de que cerrara la puerta quise aclararle algo más.

– Ya estaba lleno, con un trébol. Tú – Me dedica una última mirada, una que quizás en mi imaginación eran ganas de borrar toda la conversación anterior y empezar de nuevo, juntos, pero lo que en realidad sucedió fue ver como cerraba la puerta.

¿Y ahora, cuántas Margaritas se necesitan para llenar el mar?

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