Historias

Pedro & Ana

Los años de malas relaciones no le han quitado lo caballero e invita a la señora con aires de señorita a pasar la noche en su pequeño departamento de separado. Este es bastante extraño, Pedro siempre se pregunta en que estaba pensando la persona que se le ocurrió construir algo así. Se entraba por un lado de la calle, pero toda su casa estaba del otro, además debía subir una escalera de madera que crujía con sólo respirar; cualquier padre de algún hijo adolescente hubiera amado aquella escalera, menos él que a sus 47 años le basta con que le suenen los huesos por los años de trabajo bruto en las minas del norte.

Ambos se quitan las ropas que huelen a cinco de la madrugada en una salsoteca de mala muerte, Ana se queja por quinta vez en la noche porque no la llevaron a ese bar que está de moda y donde todos van, mientras Pedro le vuelve a responder la misma cosa

– Mujer entiende, esos sitios son para gente más joven, nosotros estamos viejos ya, no estamos para esos trotes

– Habla por ti, yo sigo siendo una mujer joven, tú mismo te has dado cuenta que en la calle me siguen diciendo señorita

Él prefiere no seguir con el tema, total ya se lo sabe de memoria. A veces se pregunta por qué diablos busca mujeres así, no pasan ni cinco segundo y la respuesta esta revoloteando en su lengua para escapar y la deja salir

– Me queda sólo un condón

– Tú sabes que yo feliz lo haría sin el

Desde hace cuatro meses que Ana viene pidiendo más, ella quiere algo estable, una relación como Dios manda, pero por sobre todo quiere un padre para su hijo, ese niño de once años que es cuidado por su abuela en el sur. Desde que llegó a la capital no ha hecho otra cosa que buscar pretendientes, a probado de todo, desde viejos con plata hasta jovencitos ansiosos por succionarle toda la experiencia y si bien no se quejaba, jamás pudo encontrar un padre para su pequeño y un hombre para ella a la vez hasta que conoció a Pedro. Lo deseaba, lo quería, lo amaba con esa desesperación que sólo se cree sentir cuando eres una niña intentando ser mujer.

Por su parte Pedro conoció lo que es perderse en ese enamoramiento, lo vivió y lo sufrió. Desde aquel día que vio a la madre de sus dos hijos con otro, jamás se ha cansado de repetirle a ellos “nunca se adelanten a querer ser adultos como yo lo hice, vivan primero”. Siempre intenta explicarle a Ana todo esto, que hoy está viviendo lo que no pudo en su tiempo, que lo último que quiere es volver a vivir en familia; por primera vez se siente libre como hombre, aunque en instantes como estos lo duda, pues aquí está dando explicaciones, usando el mismo tono de malas ganas que usaba con su ex.

La madrugada no está terminando como él esperaba, con sexo. Ambos están enfrascados en una pelea donde siente que discute con su hija de 16, tiene unas ganas enormes de salir a portazo limpio de su propia casa, pero eso conllevaría trasladar la pelea a la calle y eso si que sería volver a sus viente; no estaba dispuesto a retroceder tanto y menos por una mujer que no siente ni una pizca de amor, de ningún tipo. Lo pensó y lo dijo, más bien esta última reflexión se le salió con la adrenalina y la explosión de insultos que llegaban hasta su cabeza impidiéndole usar su manual de “como mandar a la mierda sin mandar a la mierda”.

Creyó que ella vaciaría su vocabulario en él, pero no, sus palabras tuvieron el efecto contrario, silencio; ese incómodo donde no sabes como llenar. Se estaba estrujando los sesos por decir algo, el ruido de la nada le estaba haciendo zumbar los oídos, nunca ha sabido llevar de buena manera a una mujer herida y menos si esta no le dice nada.

Se ha vuelto loca y él es el responsable. Ana se dirige a la cocina, se prepara un té mientras le ofrece algo de comer a Pedro, pero él no quiere nada; luego recoge la ropa tirada del sillón para dejarla en la lavadora que está en el baño; después prende la radio y la deja en una emisora donde suena Diango o Perales, no tiene idea, siempre se confunde con esos cantantes, para él suenan todos iguales. La ve ir de un lado al otro, habla como cotorra mientras el la observa desde la silla de su comedor de cuatro cuerpos.

– No creo que sea buena idea que pases la aspiradora a esta hora, son casi las siete Ana

– Ya es de día

– Es domingo, los vecinos no van a estar muy contentos

Y ella apreta el botón “encender”, fueron los quince minutos más odiosos de su soltería. Tenía a una mujer despechada y medio cucú pasando la aspiradora a las siete de la mañana de un día domingo. Esperaba impaciente el grito de algún vecino cuando se detiene y lo queda viendo fijamente.

– ¿Por qué no me amas?

– Porque ya lo hice Ana

– ¿Y no puedes amar otra vez?

– Te quiero

– Eso no me sirve

– No puedo darte más, lo siento. Creí que lo tenías claro

– Me usaste

– No tienes quince Ana. Ambos hacemos lo que queremos y dejamos que nos hagan lo que permitimos.

Le da una patada a la aspiradora, se sienta en el sillón de segunda mano, se agarra la cabeza y se larga a llorar. Todo su cuerpo tirita con cada suspiro, Pedro como ha sido la tónica durante toda la noche sólo observa la escena; definitivamente el silencio le sentaba mejor que los llantos descontrolados que ahora escucha. Ella entre las lágrimas y el nudo en su garganta que aun no baja le reprocha cada mes que estuvieron juntos, cada ilusión que él había sembrado. Al parecer tenía todo planeado, desde donde iban a vivir, de la casa que él estaría a cargo de construir para la familia y hasta como iba a ser esa ceremonia de matrimonio, sencilla pero con mucho sentimiento. Cada frase que Ana emitía era una película distinta de terror, se pregunta qué relación estaba teniendo ella.

En menos de diez segundos ella pasó de estar llorando desconsolada a lanzar toda la loza de la cocina por la cabeza de Pedro, éste inútilmente lograba calmar su locura. Las tazas que ella misma le regaló fueron las que más se ensañaron con su cráneo, por más que intentaba esquivarlas no tenía éxito.

– ¡Ana ya para por la cresta… Córtala!

Ella se detiene, se congela, se concentra en el hombre de 47 años que tiene al frente, indefenso, con la frente sangrando intentando mantener el equilibrio y que los golpes no lo hagan caer. La imagen a Ana no le satisface, no está sufriendo lo mismo que ella, siente que no es justo. Pedro toma el paño para secar los platos y se lo coloca en la cabeza para hacer presión contra la sangre que no para de correr espesa por sus mejillas, cuando siente que algo se hunde por su costilla derecha…

– La que llevaba esta relación era yo, quien la termina soy yo

*Agradecimientos al pelao’ quien con sus historias de vida ha hecho que mi imaginación tenga cero ganas de aterrizar en la realidad. Eres la mejor pareja de mamá | Basado en un hecho real.

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8 comentarios sobre “Pedro & Ana

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