Alter ego

Elizabeth

Se mira al espejo, su mejilla está levemente rojiza, aún siente el ardor de la cachetada que le dio aquella mujer en el café. Independiente del dolor no puede evitar una sonrisa, si hay algo que le guste más que la sensación que provoca en los hombres, es la envidia que causa en las mujeres, sobre todo en las inseguras que la acusan por quitarle al pololo.

La culpa no es un problema para ella, ni siquiera la conoce. Disfruta saciar sus propias necesidades, no mira para el lado y mucho menos hacia atrás. Si lo hiciera terminaría llorando en una esquina de su habitación; por eso prefiere ser ésta, la fuerte, la empoderada, la que maneja la situación a su antojo.

A pesar de todo lo bien que le funciona esta  faceta hay alguien quien se le ha resistido desde un principio. Diego ha sido su hueso duro de roer, por más que intenta acercarse a él lo único que consigue es un discurso de todo lo fácil que es y las mil razones de por que jamás estaría con una mujer como ella. Cualquier persona que escuchara una y otra vez este tipo de cosas desistiría, pero ella no. Tiene esa necesidad por cambiarle la opinión y no porque le interese lo que piense el resto, sino porque le interesa él. No sabe por qué pero quiere seguir intentado cambiar esa visión.

Elizabeth se está dando los últimos retoques antes de ir a la fiesta de la facultad.  A los cinco minutos llega su mejor amiga Cony.

Ambas están disfrutando junto a su grupo de amigos el aniversario de la Universidad al máximo. Entre vodkas, piscolas, unos cuantos navegados que llegan de repente y un par de pitos están haciendo de la noche una ocasión perfecta para dejarse llevar, aunque Liz inmediatamente piensa “siempre me dejo llevar”. Estaba en lo mejor cuando la ex de su último amigo con beneficios entra al lugar; que la haya cacheteado no le bastó, ya que se viene directo hacia ella, sin embargo esta vez sus amigos se cruzan en su camino, Liz sólo se ríe.

– ¿Y Elizabeth, como se llama el otro de tu lista?

– Aún no tengo otro, sigo con tu pololo… Perdón ex pololo. Cuando lo cambie te aviso

La rabia se estaba apoderando de aquella mujer nuevamente, si hubiera podido la golpearía otra vez, pero la detienen; opta por dedicarle una última mirada de odio y da por terminada la conversación. Luego de esto todos intentan aconsejar a Liz como siempre, mas ella hace que los escucha y asiente.

Son la tres de la madrugada y Elizabeth al fin ve llegar lo que estaba esperando, Diego. Llega junto a todo el grupo de sociólogos, ella los sigue con la mirada hasta que se detienen en la barra del local, su amiga se da cuenta de la cara de hipnotizada que coloca y le advierte.

– ¿Sociólogo y periodista? Mala mezcla Liz, sobre todo si se trata de Diego.

– Ay tampoco lo quiero para casarme

– No sé, yo sólo te digo, si quieres meterte ahí te aviso que no saldrás bien parada

Liz le dedica una sonrisa para demostrarle que tiene todo controlado, toma su vaso vacío y se dirige hasta la barra donde está su hueso duro de roer. Le pide al barman que le rellene con más vodka, mientras tanto saluda a Diego.

– No pensé que fueras de este tipo de fiestas – Le dice ella sin prestarle atención

– Guau la niña piensa

– A ver Dieguito, que tranca tienes conmigo que no puedes ser amable ni una sola vez –  Tiene los ojos pegados a él y algo más, por primera vez puede ver que está un poco incómodo. Él se aleja unos centímetros de ella.

– Lamento no poder ser tan amable como lo eres tú – Le contesta irónicamente

Liz recibe su trago y se dignaba a responderle cuando nuevamente aparece la ex de su amigo con ventajas; llevaba bastantes copas en el cuerpo, ni siquiera podía estar de pies, varias veces Diego tenía que afirmarla o sino daba directo con el piso, a pesar de ellos su lluvia de insultos no se detenían, todo el local se estaba enterando de quien era Elizabeth según esta mujer.

A diferencia de la última vez la situación ya no le parecía divertida, siente como retrocede en el tiempo cuando estaba en el colegio y la molestaban sus compañeros. Liz reflota todo los malos recuerdos que tenía encerrados mientras que los insultos siguen llegando sin nadie que los detengan. Mira a su alrededor, experimenta como cada vez se va haciendo más pequeña, quiere callarla, pero no sabe como, está borracha por lo que hablar no es la solución y jamás la golpearía, por muchas ganas que tuviera, sólo le queda quedarse allí firme, sin demostrar todo lo que está sufriendo por dentro.

Para su sorpresa quien detiene el sonido de aquella horripilante voz es Diego, quien llama a alguien y hace que se la lleven, Liz sigue en la misma posición, apretando su mandíbula, esperando a que la mezcla de emociones que siente se le pasen.

– Toma, te va a servir  – Él le ofrece su vaso de whisky. Ella se lo toma de un tirón y lo deja en la mesa de la barra, lo queda mirando sin haber aterrizado por completo en la fiesta.

– ¿Tú piensas lo mismo? – Le dice

– ¿Sobre qué?

– Sobre todo lo que dijo ella

– Bueno, tú no ayudas mucho a que cambiemos de opinión

Eso le bastó para dar media vuelta e irse, ahora no se está aguantando nada y lo deja salir mientras se dirige a la calle. Las lágrimas corren por su mejilla, ya estaba llegando a la puerta de entrada cuando alguien la toma del brazo.

– ¿Estás bien? – Le dice Diego

– Lo estaré cuando esté en mi casa – Ella se suelta y sigue caminado

– Yo te llevo – Le grita, pero Liz no le hace caso. Estaba esperando un taxi, cuando él vuelve aparecer a su lado.

– No te estabas quejando de que no era amable contigo, bueno déjame serlo ahora

– Se diferenciar perfectamente entre amabilidad y pena. No gracias

– ¿Crees que hago esto por pena? ¿Y dónde quedó la mujer segura en todo esto?

– Bueno esa es otra opinión errada que tienen sobre mí

– Déjame llevarte entonces, así yo tengo mi cuota de amabilidad y tú tienes tu cuota de sinceridad

Liz se lo piensa un momento, pero al final acepta. A lo mejor y su plan de esta noche no está cien por ciento arruinado… Diego le dedica una sonrisa que ella responde mientras caminan hasta llegar al auto.

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