Historias

Los hijos de Zuassagoitía II: Rompecabezas

Leer antes Los hijos de Zuassagoitía

Ella duda y él cree que ha ganado su primera batalla en esta guerra que empezó cuando nació.

El silencio se apoderó de la escena, de repente cruzaban las miradas, pero no duraban mucho, el instante era incómodo. El nuevo escenario no le acomodaba a ninguno de los dos.

– Eres libre de irte – Le dice ella mientras se levanta para abandonar el cubo transparente.

– ¿Qué cambió?

– Nada… Solamente acepté que si existe un grado de duda en mí. Quizás el que miente no seas tú y…

– Y sea tu padre

– No, aún creo en él, sé que existe una explicación para todo esto. En quien no confío es en mi tío.

– Entonces me crees que yo no la maté. No concientemente

– Creo lo suficiente como para dejarte ir – Tamara deja la celda abierta, sube lentamente las escaleras y llega hasta la mesita de la cocina. Se sienta y experimenta como su vida se va rompiendo de trocito en trocito, todo gracias a un simple título: Los Hijos de Zuassagoitía. Lo que más le duele es sentir que existe algo oculto, podría seguir creyendo que todo es un mal entendido, que nada tiene que ver con la historia de Ricardo. Sin embargo aquí está dando ya por hecho que creció en una burbuja. Sólo espera que su única ilusión siga siendo una certeza… Que su padre no esté metido en todo lo que hay entre aquellas hojas del reportaje de Francisco De María.

Seguía inmersa en sus pensamientos cuando por la puerta se asoma cuidadoso Ricardo.

– Aunque no lo creas, hubiese preferido que nunca supieras nada.

– ¡Quería matarte! Esta es tu mejor venganza. Por favor ándate

– Déjame ayudarte

– ¿En qué?

– En las ganas que tienes de saber la verdad.

Ricardo se pasó un buen rato convenciendo a Tamara de que él era su mejor opción para llegar a dar con una respuesta. Una que explique la muerte de su mejor amiga Valentina, una que le muestre por que ese periodista es una amenaza para los negocios de su padre. Luego de un rato la convence, ella igual sabe que no tiene a nadie más para poder investigar. De ser la persona que más odiaba ahora se convirtió en la única en quien confía.

El resto de la noche pasó entre el relato de lo que sucedió con Ricardo cuando lo activaron, la carpeta que encontró Tamara y el nombre quien también seria de ayuda, Francisco.

Ricardo creyó que lo mejor era pasar un par de días más en la celda del sótano, estaba seguro que cuando se dieran cuenta que el tipo a quien tendría que haber asesinado sigue vivo lo volverán a activar. La siguiente semana pasó entre la búsqueda de aquel personaje clave, Tamara siendo lo más normal posible con su padre y Ricardo intentando contarle todo los detalles de su vida.

– ¿Quién te adoptó? – Le pregunta ella

– Adoptar no sé si sea la palabra adecuada, pero en fin. Polar Vísper.

– Él es uno de los accionistas del laboratorio. Creo que es el tercero o cuarto luego de mi tío y mi padre.

– Lo sé

– ¿Cómo funciona?

– Te refieres a como es la vida siendo comprado, esa es la palabra que utilizaría. En mi caso fui presentado como el primo que se vino a vivir a Chile. Te tratan como si fueras su guarda espaldas, por decir lo menos. Hay otros que corren con peor suerte, son robots que están a disposición de ellos. Sin relaciones, sin lazos, sin nada.

Tamara se agarra la cabeza, cada que vez que navega más profundo por esas aguas más complicado le es respirar.

– ¿Qué te pasa?

– Todo me pasa. Lo que me dices es… Jamás me hubiera imaginado algo así y no me cuadra con lo que mi padre me ha enseñado. El origen de tu historia no puede venir de él. Convertirlos en asesino a los 12 años… ¡No!

– Si te sirve de consuelo nos activan a los 16.

– ¿Y no hay forma de escapar?

– Tú ya viste como funciona. Es como que nos apagaran la consciencia, además por lo que me constaste hasta el cuerpo reacciona cuando no podemos cumplir nuestra misión. Creo que soy el único quien ha podido librarse de la activación.

– Tengo que buscar a ese periodista. Él debe tener mucha de las respuestas que necesito. Todos los “¿por qué?” me están volviendo loca.

– Tú recién vienes a saber lo que es vivir con dudas. Yo nací, crecí y sigo sobreviviendo sin nada a lo que aferrarme.

– ¿Y Valentina que fue para ti? – Cuando él cierra los ojos y comienza a recordar los momentos vividos con ella, en su rostro se dibuja una sonrisa.

– Ella fue mi vida… Mi vida real. La única que tuve y que ellos me quitaron. Tenía la capacidad de zamarrearme de mis lamentaciones y hacerme disfrutar del día, te contagiaba, era imposible no reír con ella.

– Si, definitivamente así era Valentina.

– Te quería mucho, para ella eras muy importante – No quería entrar en ese terreno con él, pero a la vez le gustaba escuchar su nombre, hacerla revivir de alguna forma y esas últimas palabras de Ricardo la hicieron retroceder a cuando eran niñas. Las lágrimas comenzaron a caer por su mejilla.

– Nunca debí haberme ido a estudiar a España, quizás si hubiese estado con ella hoy estaría aquí conmigo… ¡Dios! Entre más vueltas le doy, no veo como encaja ella en todo esto. ¿Qué hizo para que la mataran?

– A veces pienso que de alguna manera igual tengo responsabilidad en su muerte, más allá de que haya sido yo quien la mató.

– No entiendo ¿Qué quieres decir?

– Pues que al estar conmigo la puse en le radar de todos. Para ellos Valentina era una amenaza, el que estuviera cerca de mí podría hacer que se enterara de cosas que no debía. Sé que nunca supo quien era yo en realidad, pero no sé. A lo mejor ellos pensaron otra cosa. Debí haberla alejado cuando tuve la oportunidad, pero no me dejó. – Ambos sonríes, los dos saben como era ella cuando quería algo.

Al día siguiente Tamara había decidido que era momento de buscar a Francisco, antes no lo había hecho porque Ricardo le advirtió que levantaría sospechas. Por su parte él prefiere quedarse una noche más hasta saber cual es la situación y poder estar seguro que ya no haya peligro de que lo vuelvan a activar.

Son las nueve de la noche y ella está en el auto esperando que Francisco llegue a su departamento en el centro de la ciudad. Lo siguió durante tres días y sabe cual es su rutina. Después de unos veinte minutos él aparece de una esquina, Tamara lo ve por el espejo retrovisor. Se baja lentamente y camina de forma normal hasta llegar frente a él. Cuando estaba a punto de articular palabras él la sorprende sacando una pistola.

– ¿A qué si ustedes no se cansan ah?

– ¿Estás loco? baja eso – Eso ella no se lo esperaba, se estaba poniendo nerviosa.

– Para que me mates como los otros dos intentaron hacerlo… No gracias. Y dile al señor Franco que se perfectamente en lo que me metí y no pienso echar marcha atrás.

– Soy la hija de Franco Zuassagoitía

– Ah pero mira, ahora manda a la hija a terminar conmigo.

– Quieres bajar eso. Yo sólo vine a conversar. – Francisco en vez de bajarla se acerca unos pasos a Tamara. Está a centímetros de su cabeza. Ella lucha por no perder el control y mantener la situación a su favor. – Créeme, no vengo a matarte, mírame estoy desarmada. Sólo necesito que me digas lo que sabes del laboratorio y de mi padre… Por favor.

Él se queda en silencio sin moverse, a pesar de la desconfianza que siente por todo el mundo sabe que le está diciendo la verdad. Ella es muy distinta a los otros dos tipos que vinieron por él. Poco a poco comienza a bajar el arma.

– Gracias – Tamara vuelve a ser dueña del ritmo de su respiración y Francisco guarda la pistola en la parte trasera de su pantalón.

– ¿Qué necesitas saber?

– ¿Podemos conversar en otro lado? – Francisco lo piensa un momento para luego decidirse invitarla a pasar a su departamento. Él avanza dos pasos por en frente de ella cuando escucha un disparo. Alcanza a agarrar a Tamara antes de que cayera al piso, de inmediato vuelve a sacar su arma y a punta a todo lados mientras ella sangra del hombro derecho.

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