Historias

Los hijos de Zuassagoitía

Intenta dormir, pero el ruido que viene del sótano se lo impide. Se da vuelta de un lado para el otro hasta que se rinde.

Busca las llaves para abrir la puerta que da al piso menos uno. Va bajando la larga escalera hasta quedar frente a frente a la persona que no la deja descansar. En un cubo transparente sellado de tres por tres estaba el hombre causante de su insomnio.

Ambos se quedan mirando fijamente, la rabia y el odio es mutuo, lo único que los deferencia es que ella luce espectacular, mientras él está cada día más débil a causa de los seis días que lleva encerrado.

– ¿Hasta dónde pretendes llegar con esto? – Le pregunta intentando sonar lo más firme posible. A pesar del tiempo que lleva allí no quiere demostrar que lo están doblegando.

– Hasta que logre eliminarte por completo, de toda las formas posibles.

– Sabes que eso es imposible. Ellos me hicieron así ¡tu padre me hizo así! – Ella golpea la pared transparente que los separa.

– ¡Mi padre no tiene nada que ver con esto!

– Tú sigues creyendo que estás en una cruzada por proteger a la ciudadanía de nosotros, pero aún no quieres entender que de quienes los tienes que cuidar es de esos de cuello y corbata que están dispuesto a todo por ocupar el número uno en la lista de los más millonarios. Dispuestos incluso a crearnos a nosotros.

– Mi padre no es el causante de lo que haces, él no te empuja a asesinar. Su único pecado es haber creído en las buenas intensiones de su hermano e invertir su dinero en su laboratorio.

– Si claro, pobre Don Franco

– Además yo no estoy en ninguna cruzada, todo esto es por la muerte de Valentina. A que si te pido que dejes de envenenarme contra mi padre. Tú estás aquí por ser un asqueroso imbécil que enamoró a mi mejor amiga para luego cortarle el cuello y dejarla tirada bajo un puente. Definitivamente sentiste más placer matándola que teniendo sexo con ella. – Ahora es él quien golpea la pared, todo su cuerpo se tensa, aprieta sus dientes para intentar controlarse, aunque no importaría si se dejara llevar por el momento, ni aún así lograría salir de aquella celda.

– ¡Yo la amaba! ¡Me escuchaste!… Yo no la maté, no lo hice.

– Si, si si. Y es aquí donde me dices que te activaron, que es algo que no puedes controlar y bla bla bla. Y yo te vuelvo a repetir, no te creo. De verdad piensas que voy a creer que alguien aprieta un botón para convertirte en asesino y que tú no puedes luchar, que no piensas, que no sientes. Que en tu cerebro aparece el nombre de alguien y tú tienes que eliminarlo… Si es así, explícame entonces por qué Valentina, que fue lo que ella hizo para que terminara así. ¡DIME!

– ¡No lo sé!… Ya te dije que no lo recuerdo, nunca lo hacemos. Tamara yo jamás le hubiera hecho daño.

– Pero lo hiciste y yo me voy a encargar de que pagues por eso.

– Teniéndome aquí no conseguirás nada. No hay forma de dejar de ser lo que soy. Me tendrás que matar para eso.

– Y que crees que estoy haciendo. Sólo que a diferencia tuya, yo lo haré lentamente. – Ambos quedan en silencio. Ella decide volver a intentar dormir, cuando Ricardo vuelve al ataque.

–  Eres diferente a tu padre – Tamara se detiene a mitad de la escalera- Lo puedo ver en ti, como también puedo ver que muy en el fondo tienen dudas de lo que crees. – Ella se devuelve y lo queda viendo.

– Eso no es cierto.

– ¿No? Entonces dime ¿fuiste al orfanato? – Ella no responde – No verdad, porque sabes que ahí está la respuesta y tienes terror de que todo lo que te he dicho sea cierto. Tienes miedo de saber que tu padre es el dueño de aquel orfanato donde crecí, que de orfanato tiene el puro nombre. No puedes dormir pensando que quizás mi historia sea real. Que tengo en mi cerebro el ship que tu tío inventó, que me entrenaron hasta que cumplí 12 años y que luego me vendieron al mejor postor, al que necesitara a alguien como sicario, pero que a la misma vez no recuerde ni sienta nada. Que he matado a mucha gente de la cual ninguna recuerdo y aún así puedo sentir un peso extra, quizás por lo de Valentina no sé. Que por más que luche contra esto, no puedo; un día lunes estoy tomándome un café y luego llego al miércoles sin saber que fue del martes. Y por sobre todo no quieres aceptar que hay más como yo y que en estos precisos momentos alguien está haciendo activado para matar, como también muchos niños de aquel sitio están siendo entrenados para ser entregados como mascotas. – Termina de dar su discurso, el rostro de Tamara comprueba lo que le dijo, hay una pequeña duda en ella. Sin dejar de mirarla se sienta en el piso. Después de un largo silencio ella le contesta

– Es una muy buena historia la verdad, no te lo puedo negar. Quizás y si logras salir de aquí, cosa que veo difícil la puedes escribir. Felicidades tienes una muy buena imaginación. – Prefiere dar por terminada la conversación, rápidamente sube las escaleras y cierra la puerta con doble llave. Vuelve a su cama no para dormir, sino para que la duda le siga carcomiendo el cerebro.

Han pasado tres días y los gritos de Ricardo han cesado, de hecho desde la mañana que no lo escucha, por lo que se decide ir a verlo. Cuando llega a la celda se impresiona con lo que ve. Él está en una esquina en cuclillas agarrándose la cabeza, repitiendo “Francisco De María” una y otra vez. Ricardo se da cuenta que alguien lo observa, levanta la mirada y corre hasta donde está Tamara, comienza a golpear la pared sin dejar de repetir ese nombre. Por un momento quiso abril la celda, sin embargo el timbre de la entrada la detuvo. Lo deja allí dando patadas, golpeando al extremo de que sus nudillos sangren.

Abre la puerta y su padre la saluda con un beso en la frente. Ella lo invita a la cocina, se le había olvidado que hoy cenarían juntos.

– ¿Cómo has estado hija?

– Bien papá

– ¿Segura?

– Papá de verdad que estoy bien

– Sabes que si quieres puedes volver a la casa, no es bueno que estés sola en estos momentos. Lo de Valentina fue muy fuerte para ti.

– Lo estoy llevando bien, no te preocupes. Entonces ¿qué cocinaremos hoy?

– Déjame a mí. Creo que es momento de regalonearte como cuando eras niña.

– Entonces puedo pedir lo que quiera ¿cierto?

– Quieres pedir lazaña ¿verdad? – Ella le dedica una sonrisa para asentir

Están en la mesa disfrutando de la cena y conversando. Tamara intenta sonar lo más normal posible, pero necesita volver al sótano. Su padre va en busca de su maletín, se le había olvidado que le traía sus chocolates favoritos. Ahora disfrutan del postre, mientras él sigue con la charla de como perdió el partido de fútbol con sus amigos del club.

De repente ella se centra en una carpeta que sobresale del maletín que su padre dejó en la mesa del comedor. El título es “Los Hijos De Zuassagoitía”, saca la carpeta y cuando estaba a punto de abrirla, él se la quita de las manos.

– ¿Qué es eso?

– Nada, un reportaje creo, no le he leído aún.

– ¿Y por qué tiene nuestro apellido?

– Es que es sobre el laboratorio.

– ¿Sobre el laboratorio? Pero dice nuestro hijos… No entiendo

– Tamara no sé, te digo que no lo he leído aún. A lo mejor se refiere a las personas que hemos salvado con nuestras investigaciones.

– ¿Y de quién es el reportaje?

– De un chico, un es estudiante nada más, Francisco creo que se llama

– ¿Francisco De María? – A su padre se le fue toda normalidad del rostro al escuchar el nombre que sale de la boca de su hija.

– ¡¿Lo conoces?! – Ella intenta zafar de ese momento.

– Lo he escuchado, creo que es pasante del diario El Nacional, he leído una de sus columnas

Después de aquel instante de peligro para ambos, su padre se despide con otro beso en la frente. Ella se queda parada, como hipnotizada viendo como él se va en el auto. Siente como algo dentro de ella está cambiando, lo que surgió como una duda se está convirtiendo en certeza. Cuando logra salir de su estado corre hasta el sótano y la imagen que tiene es mucho peor que la de hace unas horas.

Ricardo está tirado en el suelo, le sangra la nariz y los oídos. Esta vez no lo piensa dos veces y presiona la clave para abrir la celda. Llega hasta él, lo toma de la cabeza para hacerlo reaccionar. Hace unos días le dijo que lo mataría lentamente y ahora está luchando para que no se muera. Si bien aún respira, tiene los ojos abiertos y no mueve ningún musculo. Se quita el pañuelo que llevaba en el cuello para hacer presión en la nariz de él y poder detener la sangre.

Poco a poco vuelve en si, Tamara lo ayuda a levantarse y lo sienta en la dura cama de la celda. Él intenta hablar pero se atora con su propia saliva, lo vuelve a intentar.

– ¿Qué día es hoy?

– Viernes

– ¿No he salido de aquí, verdad? – Ella mueve la cabeza en señal de negación y Ricardo comienza a reír.

– Eso quiere decir que no maté a nadie, por primera vez desde que me activaron que no asesino a alguien y todo gracias a ti. ¿Quién lo diría?

Mientras él saborea lo que él siente como un triunfo, Tamara le da vuelta a la idea de que quizás Ricardo sea un hijo de Zuassagoitía.

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